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Cuando me lavo las manos

La enfermedad siempre está rodeada de enigmas. Unas personas se enfadan y no entienden porqué les tiene que haber pasado, justo en este momento. Otros, se recorren todos los médicos, sanadores o terapeutas que encuentran a su paso o que les recomiendan para que intente «quitárselo» como sea. Otros, sin embargo, lo toman como ese alto en el camino, esa señal que le hace a uno parar, plantearse ciertas cuestiones y tomar la responsabilidad que es de cada uno su propia salud.

En días como hoy, donde la salud pública está dejando de ser lo que se daba por hecho, donde ya no es tan fácil enfermar como antes, es un excelente momento para descubrir qué hemos hecho mal y como lo podemos hacer mejor.

Desde tiempos inmemoriales, la salud, como todo, ha ido cambiando. Desde las enfermedades que nos van afectando, hasta los medicamentos que usamos, incluso como lo vivimos socialmente. En la antigüedad, se decía que uno enfermaba porque ofendía a los dioses o bien, como en la antigua China, porque infringía las leyes sociales. Se decía que había un orden social y que uno debía vivir en armonía con su propio cuerpo, con la naturaleza y con los demás miembros de su familia y la sociedad. 

Las curas también han ido cambiando. Desde rituales chamánicos, todo tipo de plantas, técnicas de lo más variado (masaje, acupuntura, homeopatía, aparatos modernos), hasta los medicamentos actuales, que tratan los síntomas más que las causas de la enfermedad.

También el significado de la enfermedad, así como su vivencia ha ido transformándose. Antiguamente, uno se daba cuenta de que había hecho algo mal y necesitaba que los dioses le perdonaran. Así que hacía sacrificios para que ese perdón le fuera concedido. Por sacrificios se entiende no solo

sacrificar un animal, sino hacer algo con su propia vida para lavar la culpa que uno sentía. Otros usan la enfermedad para justificar algo o simplemente para quejarse (aunque en el fondo, haya mucho más detrás de la queja).

Está claro que unos buenos hábitos saludables, que todos de sobra conocemos, son una base para mantener la salud: una dieta sana, ejercicio físico y descanso adecuado. Ciertamente, hoy en día es complicado llevar una dieta sana. Primero, la desinformación de lo que es o no es comer sano. Uno se cree que come sano, pero hay algo que no va bien. A veces hay alguna intolerancia oculta a algún alimento, que ni nos damos cuenta. Las tierras y los medios de producción actuales están a años luz de producir alimentos que alimenten. Lo que hacen es vendernos lo que a las empresas productoras les sea más barato producir y que se consuma masivamente, introduciéndolo mediante la publicidad en forma de costumbre o incluso, llevando a la adicción en el caso de refrescos o dulces. La forma de cocinar, los envasados, la manera de comer, con prisas, todo ello lleva a que el alimento no se asimile de la forma adecuada. También la cultura juega un papel importantísimo. Si salgo con mis amigos, como no voy a comer lo mismo que ellos.

El ejercicio, por exceso o por defecto. Desde el «no tengo tiempo» hasta pincharnos sustancias para parecer lo que no somos. El ejercicio no solo mantiene nuestro peso, nuestra elasticidad y nuestros tejidos más jóvenes. Nos ayuda a drenar esas toxinas físicas y emocionales y nos relaja. Nos ayuda a desconectar y a darnos ese tiempo a nosotros mismos. Si uno no se cuida a sí mismo, es difícil que pueda cuidar de otros en condiciones, durante mucho tiempo.

El descanso, tan fundamental para regenerar el cuerpo y la mente.  No es lo mismo dormir 8 horas de día que de noche y las horas del sueño, cuando están en armonía con los ciclos naturales de la tierra, son más reparadores. Uno debería estar dormido con la puesta de sol y despertarse al amanecer (ciclos circadianos).

Después de todo, en esta sociedad, donde el respeto parece que solo lo merece el dinero y el poder, donde el «lo quiero ya mismo» es una frase que se oye más que a menudo, donde lo quiero todo hecho con el mínimo esfuerzo es el lema principal, si enfermo, ¿qué voy a hacer? Tengo dos opciones:

a) Pensar qué ha pasado y qué he hecho yo, responsabilizarme de mi conducta, actos, pensamientos, sentimientos, dieta, descanso y buscar la solución que me haga aprender de ello para curarme desde la raíz del problema.

b) Ir al médico a que me de una pastilla/tratamiento que me quite los síntomas para poder seguir haciendo lo que vengo haciendo hasta ahora.

¿Cual has estado escogiendo tú?

 

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